Crónicas/Encuentro con Senegal

Día 2: Pescaito a la brasa

Nos levantamos a las 7:30 entre bostezos y sueños a medio completar pero con muchísimas ganas de descubrir todo lo que Dakar nos podía enseñar. Tras un buen desayuno en el que descubrimos el famoso Chocopain (una especie de Nocilla de cacahuete) nos metimos en nuestra querida furgoneta, en la que cada vez  mágicamente cabíamos más personas, y nos dirigimos a la carretera.

Guindi fue nuestra primera parada, una escuela de acogida en la que los niños (y algunas niñas) de la calle, los que sufrían abusos o tenían graves problemas con su familia encontraban una oportunidad para educarse y vivir en un ambiente mucho más adecuado para alguien de su edad. Allí los trabajadores hacían una gran labor de sensibilización y escuchaban las realidades individuales de cada niño para así poder ayudarles mejor según su situación personal.

Pusimos rumbo a la universidad para encontrarnos con la profesora y antropóloga Fatou Sarr, aunque estábamos todos demasiado cansados para centrarnos en la entrevista lo suficiente, quizás hasta la misma Fatou. Nos comentó las dificultades de los estudiantes y cómo se había aumentado el numero de mujeres universitarias, aunque seguía siendo muy inferior. Cuando le preguntamos sobre las claves para ser feliz según la vida senegalesa, su respuesta fue una introducción de lo que veríamos al día siguiente. Habló de la solidaridad, el sacrifio y el amor que desprendían las madres que con muy pocos recursos habían logrado dar un futuro a tantísimos niños de la calle con el colegio “Daara Malika”, eran un ejemplo de amor hacia su pueblo y de actuación ante las injusticias de su sociedad.

De vuelta a casa, con poco descanso y comida más que picante en nuestras barrigas, vivimos la llegada de los pescadores al puerto. Allí se acumulaban decenas de barcas de colores y el intenso olor a pescado se nos pegaba a la ropa. Las mujeres arreglaban los pescados encima de mesas de madera al aire libre y los gatos aprovechaban cualquier ocasión de atrapar alguna raspa. Era un lugar impensable en España pero que nos hipnotizaba a tod@s: ver cómo cocinaban a la brasa los pescados y con qué arte limpiaban aquellos vivos hacía pocas horas. Un anciano del lugar nos habló sobre cómo los jóvenes estaban dejando de acostumbrarse a vivir con poco, que no eran felices con lo que tenían y decidían marchar, mientras que nosotros (los toubab) habíamos nacido ya con todo y no sabíamos lo que era ser feliz con poco.

Dimos un paseo por el mercado, nos agobiaron tanto los mercaderes que nos quitaron las ganas de comprar nada. Finalmente visitamos La Medina, donde vivía el padre del músico senegalés más reconocido: Youssou Ndour. Pese al dinero de su hijo, seguía viviendo en su barrio de toda la vida porque lo que le hacía feliz era vivir en comunidad y disfrutar de la convivencia. Claro que podía disfrutar de su todoterreno y otros placeres del dinero, pero con la felicidad que transmitía y sus palabras de acogida, la imagen de este abuelo con su sandía en brazos fue una de las mejores del día.

La cama nos esperaba y nos dormimos en un segundo,  sabíamos que mañana tocaba vivir otro día en Dakar, siempre más y mejor, si es que es posible.

                                                                                                                               Guille S.L.

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